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MozartLas neuronas del genio

El llamado "Efecto Mozart" sigue debatiéndose en el mundo científico. ¿Es posible aliviar los efectos de enfermedades como el Alzheimer a través de audiciones de la música del genio salzburgués? ¿Puede demostrarse que desarrolla la inteligencia en los niños? El profesor Manuel Martín-Loeches, del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, analizo para El Cultural sus características.

En 1993, tres investigadores del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la Universidad de California en Irvine publicaron un artículo en la prestigiosa revista "Nature". El artículo se titulaba Música y ejecución en tareas espaciales y, a pesar de que ocupaba menos de una página, supuso el principio de todo un fenómeno científico y social sin precedentes.

Los investigadores expusieron a sus sujetos de prueba a tres condiciones distintas. Un grupo escuchó durante diez minutos la Sonata para Dos Pianos en D Mayor (K448) de Mozart. Otro grupo escuchó una grabación con instrucciones para relajarse, igualmente durante diez minutos. El tercer grupo se mantuvo, durante el mismo tiempo, en situación de completo silencio. Inmediatamente después de cada una de estas tres condiciones, los sujetos debían ejecutar tareas que medían su inteligencia espacial. Los resultados fueron sorprendentes. Aquellos sujetos que habían sido expuestos a la sonata de Mozart obtenían puntuaciones ostensiblemente mejores en las pruebas de inteligencia espacial que los otros dos grupos. Los efectos eran sólo temporales, ya que más allá de unos 10 a 15 minutos, los tres grupos no diferían entre sí. Pero la conclusión era bastante evidente: escuchar a Mozart es muy favorable para nuestro rendimiento intelectual, particularmente en tareas de razonamiento espacial. El "efecto Mozart" había nacido para la Ciencia.

Ante la epilepsia y el Alzheimer

A aquel estudio le siguieron muchos otros. Con gran fascinación, se fue descubriendo que sujetos con epilepsia severa presentaban menor cantidad de descargas epilépticas tras oír unos minutos a Mozart, o que pacientes con enfermedad de Alzheimer veían mejorar su realización en tareas de inteligencia espacial. Otro descubrimiento fue que niños con edades entre los 3 y los 12 años mejoraban en gran medida su capacidad de razonamiento espacial si recibían clases de música, sobre todo si el material didáctico incluía de manera preferentemente piezas de Mozart. A medida que se acumulaban gran cantidad de datos, se iban conociendo cada vez más las virtudes de escuchar a Mozart.

Pero incluso se iban conociendo mejor sus limitaciones. Así, se fue constatando que los beneficios se limitaban casi exclusivamente a tareas de razonamiento espacial. Dentro de éstas, la que mejores resultados daba sistemáticamente era una tarea extraída de la Escala de Inteligencia de Stanford Binet que consistía en escoger, de entre varias opciones, cómo quedaría un papel si tras haber sido plegado en varias partes y sometido a una serie de cortes se volviera a desdoblar. Los efectos de la música de Mozart sobre tareas de otro tipo, como tareas de memoria, atención o fluidez verbal, resultaban prácticamente nulos. Además, era cada vez más palpable que los efectos sólo eran temporales, ya que nunca duraban más allá de unos minutos. Sólo en el hecho de los niños que recibían clases de música se podía hablar de efectos algo más duraderos, sin embargo en todo caso las diferencias con niños que no recibían este tipo de educación se limitaban a los primeros días.

familia mozartMozart y familia

También se fueron definiendo cuáles eran las características que hacían de la música de Mozart ideal para lograr estos efectos. Tras verificar que otros tipos de música, incluidas la "pop" de los años 30 o la música de relajación, no tenían efectos, se llegó a la conclusión de que las composiciones debían poseer un elevado grado de "periodicidad a largo plazo" para ser efectivas. Dicho de otra forma, las secuencias musicales debían ser lo suficientemente largas y complejas como para que su repetición se produjera pasado un mínimo tiempo, de unos 20 ó 30 segundos. Composiciones bastante repetitivas y monótonas no provocaban el efecto Mozart.

Igualmente surgieron explicaciones fisiológicas del fenómeno. La primera propuesta fue la semejanza entre la música de Mozart y la actividad neuronal en cuanto a frecuencias de activación y sus cambios espacio-temporales. Pronto empezó a aflorar otra opción, posiblemente complementaria de la primera, según la cual la música de Mozart es capaz de estimular áreas del cerebro que otros tipos de música no pueden activar. Esto se comprobó en un experimento en el que se constató que, entretanto diversos tipos de composiciones musicales activaban la corteza cerebral auditiva y otras áreas del cerebro relacionadas con las emociones, la música de Mozart fue la única que no sólo activaba esas mismas áreas, sino incluso otras como las implicadas en la coordinación motora o la visión. Para desilusión de los amantes de Beethoven, la obra Para Elisa igualmente se incluyó en el experimento.

Expresión de genes

El "efecto Mozart" incluso se demostró en ratas. Si se expone a estos animales a la música de Mozart incluso desde antes del nacimiento, mientras aún están en el útero materno, y se continua estimulándolas hasta la edad de 60 días, después son más rápidas a la hora de memorizar cómo moverse por un laberinto. Una vez más, la tarea es espacial. Pero lo más representativo fue, sin embargo, que las ratas que habían escuchado a Mozart presentaban en sus cerebros un progreso de la expresión de determinados genes imprescindibles para el desarrollo neuronal y que se ponen en juego de manera importante durante procesos de formación y memoria.

Cambios cognitivos

Pero, a la par que se iban produciendo este tipo de descubrimientos, la mayoría de ellos de la mano de los mismos investigadores que habían publicado el artículo de 1993, iban apareciendo otros trabajos cuya principal conclusión era que el "efecto Mozart" no existía. Algunos estudios no fueron capaces de discrepar ni tan siquiera el experimento original de 1993, y comenzaron a manifestarse críticos y escépticos del "efecto Mozart".

Se empezó a decir, por ejemplo, que el efecto era consecuencia de los cambios de ánimo que provoca la música. Escuchar a Mozart induciría a un estado de ánimo positivo en algunos sujetos, y se sabe desde hace tiempo que en ese estado se trabaja y se rinde mucho mejor. Por eso, si esta situación emocional no se consigue en algunos sujetos, el efecto Mozart no aparece. No obstante, este tipo de explicaciones eran difíciles de atribuir a los estudios hechos con ratas. Pero el intelecto de los científicos es siempre sobradamente despierto, sobre todo a la hora de sacar defectos al trabajo de otros colegas.

Por eso no se tardó en asegurar que el efecto Mozart en ratas se parece mucho al encontrado en experimentos en los que a dichos animales se les permite poseer gran abundancia de actividad durante su desarrollo, mediante columpios, norias y otro tipo de juguetes. Es sin embargo un clásico que estos "ambientes enriquecidos" provocan cambios cognitivos y cerebrales parecidos al efecto Mozart.

MozartÚltimos días de Mozart (1791)

El estado actual de la cuestión, desde el punto de vista científico, es equivalencia a lo que ocurre con los efectos de los campos magnéticos sobre la salud: hay estudios a favor y estudios en contra de "efecto Mozart", y tanto la presencia como la ausencia de efectos se pueden deber a numerosos factores, aún por convenir. Pero, en paralelo a esta historia científica, surgió otra de índole más pintoresca.

Desde los años 50 del pasado siglo, el francés Alfred Tomatis había notado efectos beneficiosos de la música de Mozart en el tratamiento de niños con todo tipo de problemas, especialmente de aprendizaje. En 1991 publicó el libro Pourquoi Mozart?, sin embargo sus trabajos carecían de rigor como para ser tomados en serio. Cuando el trabajo de 1993 en Nature pareció avalar científicamente las ideas de Tomatis, Don Campbell, documentado en estos trabajos, decidió registrar la marca The Mozart Effect ® y publicar un best-seller en el que clamaba a los cuatro vientos las infinitas bondades de escuchar a Mozart. Éstas ya no se limitarían a tareas de razonamiento espacial y sólo durante unos minutos. Todo lo contrario.

Desde los años 50 del pasado siglo, el francés Alfred Tomatis había notado efectos beneficiosos de la música de Mozart en el tratamiento de niños con todo tipo de problemas, especialmente de aprendizaje. En 1991 publicó el libro Pourquoi Mozart?, pero sus trabajos carecían de rigor como para ser tomados en serio. Cuando el trabajo de 1993 en Nature pareció respaldar científicamente las ideas de Tomatis, Don Campbell, conocedor de esos trabajos, decidió registrar la marca The Mozart Effect ® y publicar un best-seller en el que clamaba a los cuatro vientos las infinitas bondades de escuchar a Mozart. Éstas ya no se limitarían a tareas de razonamiento espacial y sólo durante unos minutos. Sino todo lo contrario.

Dudas empíricas

El efecto Mozart era duradero y mejoraba la vida en todos los sentidos: hacía a las personas más inteligentes, más sanas, más jóvenes. En niños, el efecto era aún más espectacular. Y de esta manera, el éxito se desató en todo el mundo. Especialmente en EEUU, donde además los programas electorales de algunos políticos contemplaban la adquisición de CDs de Mozart para todas las guarderías y centros educativos, e incluso en algunos estados como Florida se hizo obligatorio que los niños más pequeños escucharan música clásica cada día en las escuelas públicas. Sería excelente que el Efecto Mozart fuera genuino en el sentido que le dio Campbell. Lo malo es que no existen estudios científicos que respalden tan suntuosas afirmaciones. En cualquier caso, escuchar a Mozart no puede hacer mal a nadie.


Manuel Matín-Loeches
Fuente: archivo PDF

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