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Espadas toledanas

Difícil es precisar la fecha y lugar de la aparición de este arma, bella y gallarda como ninguna, la que ha recibido mayor variedad de formas, empleándose en su construcción los más diversos materiales, desde la piedra al acero, pasando por la madera, el hueso, etc., y cuyo empleo ha sido y es común a todos los pueblos y civilizaciones del mundo, que la han honrado y distinguido simbolizando en ella la estima que merece, pues «es símbolo de la Caballería, emblema de la Justicia, de la Fuerza y el Castigo. Representa la idea del Poder Soberano y el genio de los Conquistadores». Su nombre está íntimamente ligado a la caballerosidad, y por eso su uso ha sido siempre privilegio de caballeros y honra al que la ciñe, en contraposición al cuchillo y el pañal, propios de rufianes.

¿Cuándo apareció la espada? ¿Apareció como arma de guerra o de caza?

No es fácil aclarar estos puntos, pero lo intentaremos, razonando nuestro punto de vista, que es apoyado por la opinión de los arqueólogos. La primera necesidad apremiante del hombre prehistórico seria, sin duda, atender a la subsistencia propia y de la prole, y éste seria el origen de la caza, pues no cabe duda de que el hombre nació carnívoro. Esta primitiva lucha del hombre con los animales, con arreglo a sus tamaños, haría necesaria un arma en cada caso: la más elemental para el fin que se proponía no cabe duda que sería la piedra (primera arma arrojadiza), y después, o tal vez al mismo tiempo, las ramas de los árboles (primer arma contundente). Y no es dudoso suponer el que a alguno de aquellos seres primitivos se le ocurriera aguzar la punta de una estaca, con el fin de herir de punta y a distancia, y he aquí el nacimiento de la primera espada. El hombre empieza a conocer el trabajo de la piedra y el hueso y aparecen las puntas de flechas y cuchillos de sílex; a continuación, las armas de piedra (hachas de mano y puñales), ya que este material no se presta para hacer espadas por la longitud de las mismas, incompatible con lo quebradizo del material.

Pero aparecen los metales, y con ellos la espada como tal, y que a través de los siglos poco ha de evolucionar en su técnica e incluso retroceder a su formología primitiva. Las de la Edad del Bronce, espadas más bien cortas, con dos filos y anchas hojas y puntas poco agudas, sin cruz y empuñadura sencilla. Como características de este período, podemos señalar las argálicas y celtas, casi siempre con nervio central y empuñadura fundida de una pieza, llegando sus longitudes hasta los 60 cmts.

Con la aparición del hierro, se consigue aumentar su longitud y reducir su peso, así como aparecen los canales o vaceos, a lo largo de sus hojas, naciendo la espada ibérica, que fué posteriormente copiada por los galos y romanos.

La prototipo de la época es, sin duda, la falcata, tanto por sus formas peculiares como por su técnica y arte, y cuyo uso duró desde el Siglo IV a. C. hasta finales del Siglo I a. C. Su origen no está bien determinado, aunque puede asegurarse que su creación es obra griega o tal vez etrusca, pero desde luego mediterránea, justificando esta teoría el marcado sabor oriental de su hoja. Por los ejemplares hallados en nuestra Península, puede afirmarse que entró por Levante con su característica empuñadura de cabeza de ave con corvo pico (tal vez cabeza de águila), análogas a las encontradas en yacimientos arqueológicos del Mediterráneo oriental. En algunos ejemplares se inicia el guardamano, consistente en una cadenilla que une el pico del ave con la base del recazo. La cabeza de ave se estiliza a medida que avanza el tiempo y de pronto se transforma en la cabeza de un caballo con guarda de barra, siendo ésta la falcata típicamente ibérica, pues fuera de las encontradas en nuestra Península, son raras las aparecidas en otros países. Sus hojas curvas, con filo en el interior a todo el largo y aguda punta, con fuertes vaceos y empuñaduras ricamente decoradas, nos recuerdan la técnica de las actuales armas de corte y tala.

Falcata Ibérica
Falcata Ibérica

Otra espada ibérica notable de esa época, es la «gladius Hispaniensis», de características totalmente distintas y de origen norteño: hoja recta y larga, con cuatro mesas y dos filos en toda su longitud (que llega hasta los 80 cmts. en algunos ejemplares) y empuñadura de cruz. Este tipo de arma brilló hasta el final de la Edad del Hierro, y al parecer es la que copian los romanos, distinguiéndose entre ellas dos tipos, las de frontón y las doble globular, por lo que se refiere a sus empuñaduras.

El nombre de espada, se deriva al parecer, según Díodoro Sículo, de la voz céltico-española «spatha», y referente a su calidad, veamos lo que a este respecto dice un historiador: «Tito Livio dice que la falange macedónica se sobrecogió de espanto al ver los efectos causados por las espadas españolas, pues acostumbrados a combatir con los griegos e ilirios, no habían visto nunca separados los troncos, los brazos y las cabezas, como sucedía con aquellas espadas de hoja ancha, larga y puntiaguda y con dos filos. Su temple lo vemos celebrado por Justino, que dice era admirable el que le daban en los ríos Bílbilis y Chátive, hoy Cheiles, según Zurita, cerca de Tarazona.

La constante preocupación del guerrero es. oponer a las armas ofensivas del enemigo, elementos defensivos: aparecen las rodelas y escudos, y entonces se hace preciso aumentar el peso y la robustez de la espada, apareciendo la «rambha», más corta, de punta menos aguda y mucho más robusta, pero con dos filos...

Pocos más datos precisos se encuentran sobre el particular, ya que el estudio de las armas existentes en los museos y las que se observan en bajorrelieves y pinturas, demuestran una anarquía absoluta, sobre los modelos usados, cosa que no es de extrañar, ya que por entonces los ejércitos no estaban organizados de una forma regular y cada soldado portaba a la liza las armas propias de que disponía o cogía al enemigo.

La Edad Media, Edad del esplendor de la espada

En esta época de la Historia, es cuando la espada, y en particular la espada toledana, llega a su máximo esplendor: se alarga hasta llegar y sobrepasar las dimensiones de nuestros tiempos: se aguza y afina, y en su empuñadura aparecen, tras la cruz, los gavilanes, guardamanos, lazos y cazoletas.

Las corrientes en esta época son: las de «cornadillo», las de «marca» (dimensión), de cinco cuartas, también llamada «roníea», la «lobera», de la época de San Femando, si bien la palabra «lobera» no tiene, como erróneamente se ha creído, un significado relacionado con el lobo; este tipo de espada, es repetido en inventarios y citas de la época, siendo al parecer, una espada para ceñir con determinado traje, llamado «loba». La «ropera», espada de ceremonia; la «flamante» o «flamígera», tan conocida, con su hoja ondulada; la «cinta» y el «verdugo», sumamente estrechas; la «jineta» o «ceneta», propia del jinete y de origen arábigo; la «papagorja», de ancha hoja, y la «sabla», curva y procedente de Oriente, etc.

En el Siglo XIV y XV, ya se fabrica con el sólo fin de herir de punta y con dos filos, pero aún sigue siendo fuerte y sólida; así fueron, como puede comprobarse por los ejemplares existentes en los museos y los grabados, las espadas de los conquistadores. Por cierto que en el Nuevo Mundo, era totalmente desconocida este arma, como lo prueba el hecho de que «habiéndole presentado una espada a un cabecilla indio, la empuñó por la hoja, produciéndose un profundo corte en la mano».

En los Siglos XVI y XVII, siglos sin par para nuestra Historia, surge la esgrima española, que tantos laureles había de cosechar para el engrandecimiento del imperio mayor del mundo.

Se convierte en arma de defensa personal, y se ciñe constantemente con gallardía, y sin el disimulo taimado de la daga, el cuchillo o la moderna pistola. Empieza a ser objeto de regalo, de reyes a capitanes y de papas a soberanos. Buena prueba de ello son los magníficos ejemplares que existen de los llamados «estoques pontificios», espadones simbólicos, ricamente adornados. Empieza el arte a volcarse, materialmente, en ellas: gavilanes cincelados, cazoletas caladas como encaje, ataujías, piedras preciosas y delicados esmaltes, verdaderos joyeles ricos y artísticos, donde los espaderos y orfebres nos han dejado muestras inimitables de su fecundo arte.

Espada de Isabel la Católica
Espada de Isabel la Católica

Fina y aguda como una aguja, manejada por los brazos de aquellos diestros caballeros, ha dejado tras sí miles de leyendas, poesías y aventuras, ensartadas en su flexible hoja.

Como armas guerreras, o lo que hoy llamaríamos «de reglamento», se usaron por entonces el «terciado», de menos longitud que la marca; el estoque, largo y muy fino, generalmente de sección triangular; el «montante» o «mandoble», espada de dos manos, de grandes dimensiones, para usar a caballo contra los armados, y de aspecto más imponente que práctico.

Y para cerrar tan brillante época, aparece la sin igual «tizona», acompañada del chambergo y la capa, tan gallardos y tan genuinamente españoles; en las calles y callejas, en la tierra y en el mar, en los salones y las batallas, llenaron con sus acciones temerarias todo un siglo de literatura.

Empieza la decadencia de la espada con la aparición de las armas de fuego portátiles. En el uso personal, deja de ser arma para convertirse en símbolo de jerarquía, si bien sigue siendo un joyel. Como arma guerrera, sufre notables transformaciones, hasta terminar en el sable y la espada de ceñir; el primero, como arma para emplear principalmente en el corte, siendo hoy el único vestigio que queda de aquel arma bella; y la segunda, como emblema de caballerosidad, tanto en la vida castrense como en la civil.

Hoy, prácticamente, su uso queda relegado a la deportiva esgrima, ya desaparecido el absurdo duelo, conservando las tres modalidades del florete, la espada y el sable.

Pero nuestro pueblo, tan. pródigo en costumbrismos y tradiciones y tan abundante en contrastes, aún conserva en su primitivo uso, o sea «herir de punta», como hace siglos, una espada única, absolutamente nuestra, que a pesar de vivir la era del átomo, perdura en su pureza ante la admiración y el respeto de los extranjeros: me refiero al estoque torero, espada cien por cien, empleada con destreza y arrojo; arma que aún pregona al Universo la virilidad de la raza más gallarda, como es: la española.

La fabricación de espadas en Toledo

Hasta el año 1500, escasos son los datos que he podido encontrar, sobre esta actividad artesana, en la ciudad de Toledo. Se sabe que las principales ciudades españolas que florecieron en la espadería, fueron: Avila, Badajoz, Bilbao, Calatayud, Córdoba, Cuéllar, Madrid, Mondragón, Orgaz, San Clemente, Sevilla, Valladolid, Zaragoza, etc; pero entre todas, como estrella señera, destacó Toledo, que tal vez fuera la más antigua en construirlas.

De la antigüedad de esta industria en Toledo, tenemos varios testimonios; el más antiguo de ellos, es el de Gracio Falisco, escritor de la época de Augusto, que en su obra «De Venatione Gratií, Cinegetii...», dice asi: «Imo toletano praecingant ilia cultro»; o sea: «con legitimo cuchillo toledano, ceñiré la cintura...»

Otros no menos valiosos, son las múltiples alusiones que el gran Mariana hace en su «Historia» a las buenas hojas toledanas.

El primer gran impulso dado a la espadería en Toledo, se lo debemos al gran Abderramán II, monarca de grata memoria para todos los que amen a Toledo. Pero cuando empezó el verdadero auge de la espada toledana, fué en los Siglos XV y XVI, llegando a su cénit con la aparición del maestro de maestros, Alonso de Sahagún, el Viejo (1570), cuyas hojas eran solicitadas en toda Europa. Este coloso de la espadería, fué la cabeza señera de aquella pléyade de artífices, de los que citaremos, entre otros, a Hortuño y su nieto Nicolás (1604 y 1637); Almán (1550); Lope Aguado (1560); Tomás de Ayala (1625); Sebastián, el Viejo, y el Mozo (Siglo XVI y 1637). Las cuatro generaciones de los La Hera. Martínez, el Viejo (1520). Los hijos y nietos de Sahagún; los Tijereros; Juan Toledo, y muchos más que no apunto por no alargar esta lista de magníficos artesanos, y cuyos nombres, juntos con los cuyos que empleaban en sus marcas, se hayan registrados en el Ayuntamiento.

Espada Damasquinada (Toledo)
Espada Damasquinada (Toledo)

Muchas son las pruebas que, tanto en la historia como en la poesía, se encuentran pregonando la fama de los aceros toledanos. Citaré algunas:

Dice Rodríguez del Canto, escritor del Siglo XVIII:
«Las fábricas de Damasco y Fez, las de Reirás, Ton la y Solingen, no han podido jamás, ni hoy pueden semejar siquiera, el temple de nuestras espadas toledanas, y sólo lo han conseguido, si acaso, en la falsa marca que de las toledanas hojas sacaron algunas de aquéllas».

Leguina, en su obra «La Espada», apunta:
«Llegó la espada a ser el arma característica española, conservando merecido aprecio las famosas de Toledo, de donde procedieron las renombradas hojas «Lealtad Toledana» y «Sueño del Soldado», y las muchas en que se leía: «No me saques sin razón, ni me envaines sin honor», dignas continuadoras de la gloria obtenida por la espada ibérica».

También he encontrado un buen testimonio de la fama del maestro Sahagún. El Fénix, de los Ingenios, por boca de su personaje D. Alonso, en su obra Las Flores de D. Juan, dice:

Espadero.- ¡Vive Dios que es un diamante!
D. Alonso.- Aún el diamante es común
Que espada de Sahagún,
No ha de tener semejante.

En el Siglo XVIII, con la implantación de las modas afrancesadas, se inicia la decadencia en todas las manifestaciones artísticas, y, como no, la espadería, aumentada por la aparición de las pistolas.

Como es natural, Toledo no pudo sustraerse a esta decadencia, hasta que Carlos III, en 1761, resucitó esta industria, encomendando a D. Luis de Urbina que reuniera en una fábrica a los maestros espaderos matriculados en Toledo, encontrándose don Luis con la sorpresa de que no había en Toledo nadie que mereciera ese titulo, teniendo que recurrir a un octogenario valenciano llamado Luis Calixto, que a las órdenes del Capitán de Caballería D. Miguel de San Gil, organizó la primitiva Fábrica de Espadas de Toledo, en una casa de la calle de Núñiez de Arce, donde posteriormente estuvo Correos.

Sin duda, por no ser sitio adecuado o por necesitar ampliaciones, encomendó S. M., al General Sabatini, buscar un sitio en las proximidades del río, y próximo a Toledo, para levantar una fábrica de nueva planta.

Colada del Cid
Colada del Cid [...]

Con tal fin se compró la llamada huerta de la Caridad, el 5 de Noviembre de 1777, en 32.489 reales, en donde construyó la nueva fábrica, y que es el edificio principal de la actual. Los talleres se trasladaron al nuevo edificio en 1781, aunque la obra no se terminó hasta Julio de 1783.

Tanto el emplazamiento como el edificio, no fueron del agrado del Monarca, como así se lo manifestó a Sabatini cuando vino a entregárselo al Real Cuerpo de Artillería. El emplazamiento, para la época, es discutible, pero no así el edificio, que tiene más de monasterio que de establecimiento fabril.

A partir de esta fecha, la espadería toma ya un carácter totalmente industrial ajeno a este trabajo, y la Fábrica de Armas, bajo la dirección de los Artilleros, y hoy, por sucesión, de los Ingenieros de Armamento, crece y se transforma al ritmo de los adelantos industriales, convirtiéndose en un centro fabril cada vez más técnico y moderno, dejando por ahora de tener interés bajo el punto de vista histórico. No obstante, es hoy el único establecimiento de este tipo que mantiene en pie el prestigio del acero toledano, como lo demuestra el hecho de fabricarse continuamente sables y espadas para el extranjero.

El por qué de la fama de las hojas de Toledo

En toda época, un artículo manufacturado, por mucha propaganda que de él se haga, sólo triunfa cuando cubre perfectamente las necesidades para que ha sido concebido, y esto es lo que ocurrió desde un principio con las hojas toledanas. La espada, para ser buena, necesita ser ligera, nada quebradiza, dura y flexible. Estas condiciones tan dispares sólo puede reunirlas más que un buen acero convenientemente tratado.

No vamos a extendemos en disquisiciones sobre lo que es un temple, por ser materia ajena a este trabajo; pero lo que sí decimos es que hoy, toda la técnica de los tratamientos térmicos, así como sus propiedades, son perfectamente conocidas y controladas, pero en aquellos tiempos la cuestión era muy distinta: la práctica de estos conocimientos es el verdadero mérito de aquellos artesanos.

La materia prima la tenían excelente: emplearon lo que ellos tenían por hierro, que hasta el Siglo XV se sacaba de una mina inmediata a Mondragón, y al agotarse ésta, el hierro, casi acero natural, de la famosa mina de la Peña de Udala, en Gipúzcoa.

La escala de temperaturas la conocían por el color del acero candente, y el temple, por lo general en agua, tenía sus «secretos»: la forma de introducir la hoja en la tina, la manera de agitarla dentro del agua, e incluso algunos, echaban algún raro producto de misteriosos efectos, en el agua. Todo esto constituía sus secretos, así como la duración de la inmersión, lo que se contaba por medio de oraciones, coplas o poesías alusivas al oficio.

Como anécdota curiosa sobre la práctica del temple, expongo a continuación la forma en que, según un manuscrito encontrado en las excavaciones de las ruinas de la milenaria Tiro, empleaban aquellos espaderos. El profesor alemán Eulenspiegel lo traduce asi: «El gran Dignatario suministrará un esclavo etíope robusto, al cual sujetarás boca abajo en el altar del dios Bal-hal... Entonces el maestro forjador, después de haber martillado la hoja en frío hasta dejarla con un filo suave y fino, la introducirá en el fuego de carbón de cedro, sacándola y metiéndola en el hogar con movimiento lento y acompasado, recitando mientras la oración al dios Bal-hal, hasta que el acero tome el color rojo del sol levante cuando éste ha salido del desierto hacia Oriente. Entonces, y con rápido impulso, la pasará seis veces desde el talón a la punta, atravesando con ella las partes más carnosas de la espalda y muslos del esclavo. Quedará así la hoja de color de púrpura de rey, y la probará el maestro cortando de un solo golpe la cabeza del esclavo. Si sale hoja sin que resulten en ellas grietas o abolladuras en su filo, y si se le dobla alrededor del cuerpo de un hombre hasta que se toquen talón y punta sin que se rompa, entonces se habrá logrado un arma perfecta y digna de consagrarse al servicio del dios Bal-hal.»

La práctica para conocer si una hoja tenía «pelos u hojas» (ambos defectos peligrosos para un arma de este tipo) era enorme, llegando en este punto a adelantarse en varios siglos a lo que hoy, técnicamente, se llama «envejecimiento». A este respecto dice Rodrigo del Campo:

«Los fabricantes antiguos de espadas, para sacarlas finísimas, paraban el hierro en barras o láminas, escondiéndolas o enterrándolas en la tierra, en la que se consumían con el tiempo las partes débiles, floxas o porosas, y luego, de las más depuradas y sólidas, hacían las buenas espadas».

La práctica durante varios siglos, la transmisión de fórmulas, consejos y «secretos» de padres a hijos y de maestro a discípulo, así como un honrado pundonor profesional, hizo de Toledo un coto cerrado del noble oficio de la espadería, que tuvo como premio esa fama y ese renombre universal de que siempre, incluso ahora, han tenido y tienen los aceros toledanos.

Espada de Cristobal Colón

Hasta hace poco tiempo, no poca parte de esa fama se la ha llevado el viejo Tajo; siento defraudar a algunos, especialmente a los poetas, pero esa influencia es pura fantasía.

Si conviene apuntar en honra a nuestros viejos artesanos un invento netamente toledano; el hombre, a medida que su enemigo fortalecía el arma ofensiva, ideó para oponérsela un elemento defensivo: la coraza. La espada, entonces, fué preciso hacerla más robusta y dura, capaz de soportar el golpe contra los arneses. Pero llegó un momento en que el tamaño y peso del arma era tan excesivo, que no era posible su manejo. Entonces, un viejo espadero toledano, cuyo nombre no nos ha llegado, ideó una espada, que sin perder su dureza, aumentó en resistencia al golpe y con la ventaja de la disminución de peso: la espada con alma de hierro dulce, generalmente de herraduras.

Cogían el alma de hierro y a ella le soldaban en fragua dos «tejas» de acero, a todo lo largo; después lo batían, hasta darle las longitudes y gruesos requeridos. Esta operación, al parecer tan sencilla, aún hoy, con los dominios de la técnica, es muy difícil de realizar, y sin embargo, ellos lo hacían a la perfección. Este procedimiento fué copiado en el extranjero y, hasta fines del pasado siglo, se practicaba en la Fábrica Nacional. Lástima es que no perdure.

En el adorno de las cruces, lazos, gavilanes, cazoletas y vainas, verdaderos artífices, hicieron derroche de su arte sin igual; grabados, cincelados, incrustaciones, calados como encajes, esmaltes y pedrerías, se disputaban la primacía. Y ya que viene a cuento, y sin con ello querer herir la susceptibilidad de nadie, hablemos algo del damasquinado en las armas blancas y su procedencia, que tanto se discute en estos tiempos. En la rebusca para componer este modesto trabajo, he encontrado dos citas de absoluta solvencia e interés histórico. La primera, tomada de La Noticia Histérico-Descriptiva del Museo Arqueológico Nacional, editada en 1876, dice así hablando de las espadas toledanas de corte: «Todas las partes de la empuñadura eran adornadas con relieves, grabados finos, damasquinos y esmaltes finísimos»...

La otra, corresponde a otra obra editada en Madrid en 1871, y de la que es autor D. Manuel Rico y Sanobas. En ella dice, refiriéndose a la espadería española: «Como los venecianos y con Damasco, surtía con sus armas damasquinadas las costas de Marruecos, las Indias, y, más tarde, los lugares de América, en que estableció su civilización».

Pero aún hay más: en el Museo Arqueológico Nacional, existen ejemplares de facaltas ibéricas y cuchillos de la cultura de Las Cogotas (Siglos IV y III a. C.), con finísimos damasquinos de plata y cobre, aunque, como es natural, no con la técnica de hoy, pero no por ello con menos perfección y belleza.

Estas y otras muchas citas más que se podrían hacer, demuestran claramente que los espaderos toledanos conocían el damasquino antes de que en 1865 se «descubriera» en una armadura de la Real Armería.

Y he aquí, ilustres Académicos y amigos, lo que he podido recopilar sobre esta magnífica artesanía que, hoy como tal, puede decirse que no existe. Su fama, su gloria, tan íntimamente ligada a la ciudad de Toledo, ya nos llega como el perfume de una flor marchita, o como el eco de un canto lejano; que este modesto trabajo renueve, en los que me escuchan, los recuerdos de triunfos pretéritos que, para el engrandecimiento de España, ganaron sus hijos manejando con destreza, con sus férreas diestras, las viejas y magnificas espadas toledanas.

He dicho.


Documento [...]
D. José Relanzón García-Criado.
Fuente: archivo PDF

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