Antonio Meucci
20 años antes que Bell, Antonio Meucci creó un artilugio para transmitir la voz. No tuvo dinero para patentarlo y murió pobre.Con el paso de los años, ni sus descendientes creían la historia.

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«¿Antonio qué?», es la respuesta al otro lado del hilo telefónico.En el Museo de Historia Americana no han oído pronunciar en su vida el nombre de Antonio Meucci. Y, sin embargo, debería figurar en el panteón de grandes inventores de la Institución Smithsonian junto a Thomas Edison, los hermanos Wright o Benjamin Franklin.Porque según acaba de reconocer el Congreso de EEUU, Meucci y no Bell fue el auténtico responsable de la invención del teléfono.

Mientras compañías telefónicas, laboratorios de tecnología e instituciones rinden homenaje a Graham Bell como padre del aparato posiblemente más útil y rentable de todo un siglo, el único lugar donde se ha hecho justicia a Meucci es en la olvidada Staten Island, tan desconocida que pocos la sitúan como uno de los barrios de Nueva York. En una pequeña casa de madera del siglo pasado se encuentra un museo en su memoria.

Bueno, en su memoria y en la de Giuseppe Garibaldi, que hasta las briznas de reconocimiento póstumo ha tenido que compartir aquel inmigrante florentino que llegó a EEUU en el siglo XIX.Total, para 7.000 visitantes escasos al año...

Si las cosas hubiesen sido de otra forma, hoy diríamos teletrófono en vez de teléfono. Pero en la carrera del desgraciado Meucci se cruzó el joven y ambicioso Graham Bell. «Alexander Graham Bell, 1881-1922. Nacido en Escocia. Nacionalizado estadounidense.Creador del teléfono». La Enciclopedia Britannica no deja lugar a dudas. Y hasta esta semana la historia tampoco.

Los niños italianos eran, posiblemente, los únicos del mundo que aprendieron en sus libros de texto a desafiar esa verdad de la historiografía. «Había hasta juegos tipo trivial en los que aparecían los nombre de Meucci y Bell. Obviamente, la respuesta correcta era la primera», recuerda el italiano afincado en Nueva York Davide Albertini.

Existe algún punto de unión, no obstante, en los caminos de Meucci y Bell hacia el teléfono. Los dos pretendían mejorar la vida de los enfermos. Bell comenzó sus trabajos con la intención de hacer oír a los sordos. Meucci descubrió las propiedades de la transmisión de la voz a través de impulsos eléctricos cuando curaba enfermos en La Habana.

Ni una palabra de Ingles

Pero las coincidencias biográficas no llegan mucho más allá.Si Bell alcanzó notoriedad y dinero con apenas 30 años, Meucci llevó la vida sin rumbo de un perpetuo inmigrante. Ingeniero mecánico nacido en 1808, tras intentar hallar fortuna en Cuba, terminó en los suburbios de Nueva York sin hablar ni una palabra de inglés. De hecho, no lo habló en toda su vida. Allí, acogió al revolucionario Giuseppe Garibaldi durante su exilio y antes de su regreso triunfal a Italia.

En cambio Meucci, estaba tocado por la mala suerte. Su primer prototipo telefónico terminó en una casa de empeños. Lo creó, en 1855, 19 años antes que Bell para comunicarse con su mujer, que había quedado paralítica.

Tras otras múltiples desgracias, construyó un segundo modelo en 1871 que llegó a aparecer en diarios italoamericanos. Sin embargo, el bolsillo no le daba para sufragar la patente y se limitó a pagar la petición, renovable anualmente por 10 dólares.Mientras, trataba sin éxito de lograr que la compañía de telégrafos Western Union se interesase por el invento. Hasta llegó a remitirle el prototipo.

Pero en 1874 ya no le quedaban ni los 10 dólares necesarios para renovar los documentos. Terminó perdiendo la patente y el modelo original terminó extraviado en los laboratorios de la Western Union.

La injusticia histórica se gestó en 1876. Ese año Meucci leía en los periódicos el nombre del joven Alexander Graham Bell como inventor del «teléfono».

Según Emily Gear, directora del humilde Museo Meucci-Garibaldi, el trágico destino del genio florentino es una muestra del «racismo» frente a la inmigración, especialmente presente en aquella época.Cierto que Bell era también inmigrante. Pero acomodado y de origen escocés. Hijo de madre sorda, desde su adolescencia buscó transmitir el sonido sirviéndose de la electricidad. Según reza en los libros de texto un «Señor Watson ¿está usted ahí?» fue la primera fase transmitida a través del teléfono.

El norteamericano también fue rechazado por la Western Union.Pero lo que para Meucci fue un severo revés, para Bell fue un golpe de fortuna. Porque, gracias a su carácter emprendedor y al respaldo de su suegro, fundó la muy rentable Bell Telephone Company.

teletrófonoFrente al poder del incipiente capitalismo industrial, los intentos de Meucci por reclamar la paternidad del invento fueron inútiles.Algunos historiadores insinúan incluso el robo de la patente y a los italoamericanos nunca les cabe duda. Meucci es para ellos la gran afrenta de los anglos: hasta en El Padrino y en la serie Los Sopranos se denuncia el ultraje.

El supuesto robo se fraguó en un juicio que duró más de un año. El propio Bell presentó la demanda para callar a su rival. Pese a los diseños de la solicitud de patente y a los testimonios de testigos, el proceso cayó del lado del poderoso Bell. Dos años más tarde, en 1896, Meucci moría pobre y olvidado.

Bell se convirtió enseguida en el exitoso empresario. Sus hijas Elsie y Marian se emparentaron con la aristocracia del dinero de origen británico y el apellido Bell quedó asociado a los Fairchild y a los Grosvenor, cuyos descendientes aún mantienen importantes firmas de inversión. La gran compañía Bell, por su parte, terminó convertida en un gigantesco monopolio cuya división ordenó el Gobierno norteamericano en 1984. Así nacieron las baby bells, pequeñas empresas regionales, como la Pacific Bell.

A pocos entristece tan profundamente recibir cada mes la cuenta de Pacific Bell como a Sandra Meucci. Esta socióloga californiana de 50 años, hija de un carpintero de Pensilvania, es uno de los pocos descendientes identificados de Meucci. Lleva una vida de soltera tranquila en Berkeley, donde también se doctoró. Su única familia viva son su hermano Roland, que ha heredado una misteriosa habilidad para la tecnología, y sus dos pequeños sobrinos, que viven en Tennessee.

Sin resentimiento

«La historia de Antonio siempre está rodeada de mucha tristeza.De hecho, nuestro padre nos la relataba más con pesar que con orgullo. Se trata de un momento fatídico en la historia de la familia, pero sinceramente ya no me pesa», reconoce.

Los parientes de Meucci que hoy viven en EEUU son descendientes del hermano del ingeniero y llegaron al país a principios del siglo XX, mucho después del fallecimiento del inventor. Por eso, tal vez, han superado el resentimiento.

Sandra prefiere reflexionar sobre la desgracia del padre no reconocido del teléfono en términos sociológicos. Incluso llegó a plantearse la posibilidad de escribir su tesis doctoral sobre el asunto.«Es un reflejo de las dificultades para avanzar en nuestra sociedad de las culturas ajenas. Durante años, los italianos que llegábamos aquí estábamos estigmatizados».

Pero los Meucci del siglo XXI no guardan ningún rencor. «Yo misma no podría hablar mal de Alexander Bell», asegura Sandra. «En EEUU tenemos un lazo especial con nuestros héroes. Y Bell es al capitalismo, lo que Thomas Jefferson o John Adams a la política.Son los fundadores de nuestro sistema».

Ahora esperan que la resolución adoptada en el Capitolio sirva de algo, pero tampoco se hacen demasiadas ilusiones. «No se puede reemplazar un inventor por otro. Quizás la decisión del Congreso sirva para cambiar los libros de texto». Esperan, quizás, que la decisión del Congreso abra la puerta para que los libros de texto cambien, y los niños se planteen que las verdades históricas son relativas».

¿Y el dinero? Sandra admite que hace años miró que posibilidades de reclamación había. «Pero sólo las costas del abogado que realizaba el estudio preliminar superaban nuestras posibilidades».

Mientras la cuidadora del pequeño Museo de Staten Island, que hace tres meses ni sabía quién era Meucci, sueña con incrementar la financiación y las ayudas públicas, Sandra se contenta con poder explicar a sus sobrinos la importancia del apellido que llevan. «Yo nunca llegué a creer a mi abuelo». Eso y una estatua decente, en la plaza Washington de Nueva York.


Fuente: elmundo

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